viernes, 31 de agosto de 2012

Aquel...

Aquel pobre hombre...

... era rico y feliz. Tenía en La Cumbre, su casa con la hermosa enlatada de parras, y en su cueva las vacas, novillas, becerros, y fuera en chozas, las cabras. También su perro que le avisaba si alguien se acercaba por los alrededores. A las vacas las sacaba a beber a la fuente en el barranquillo, y en todas aquellas explanadas tenía comida de sobra para sus animales. Vivía, rodeado de manzaneros, almendreros, higueras, ciruelos, etc., y de otros árboles frutales más, pero...

... comenzó el cabildo a llenarlo todo de pinos, y poco a poco comenzó a escasear el agua, y también la comida para sus animales; en un principio, bajaba a Telde a por rolos de plataneras, que les costaba su dinero, y cada vez el agua a menos hasta que tuvo que quitar sus animales; al fin una sola cabra, para la leche y queso de la casa, pero incluso ésta, con ración, porque ya ni hierba para ella. Los pinos se enseñoreaban por toda la zona y lo suyo quedaba encerrado y oculto por los pinos desde la carretera.

También tuvo que quitar la cabra, por visitas, y exigencias veterinarias y otras. Y ahora ya, la cueva vacía llena de aperos sin uso: arados, yugos, aguijadas, frontiles, asadas, cestas para el estiércol, etc., etc. Y pensó, que ya que no tenía agua –los pinos secaron la fuente y el barranquillo ya no llevaba agua-, hacer una aljibe, un estanque. Y dándole vuelta a la cabeza, comenzó a redondear la cueva-alpendre, con el fin de ponerle una pared en la puerta, después de cuadrarla y ampliarla un poco, y así poder regar -con el agua recogida del invierno-, sus matos frutales y por si plantaba algo, ahora ya sin estiércol.

Y dicho y hecho: comienza mi hombre –al no tener animales que cuidar, ni tierras que atender-, a dar picazos en su cueva alpendre, ahora reconvertida en estanque, hasta que allí, escondido por los pinos que lo tupía y tapaba todo, se llega un día uno del medio ambiente para preguntarle qué hacía - como si no lo estuviera viendo-, pero le contó no obstante, que estaba transformando su cueva-alpendre en un estanque donde recoger agua y poder regar algo en verano. A lo que el uniformado le dice –sacando fotos a todo- que “¡no vuelva a sacar ni un balde más de tierra!”, que “¡vaya rápido y pida y saque permiso!”

Pues eso hizo mi hombre, parando su obra; el permiso tardaría más de un año en llegar, y el coste de multa superó el millón de pesetas (o séase: 6.000,00 euros). Nada, que pasa el tiempo, y hay un incendio. ¿Y a dónde creen ustedes mis amigos, acudieron a buscar agua para apagar el fuego? ¡No hace falta se lo diga! Ahora ya, dado que el pinar ha crecido, el estanque está vacío. Solo hay pinos y retamas, donde antes había vida. Vivía la gente y todo estaba recogido y limpio. No dejan hacer nada, y la gente se ha ido a vivir, a cada uno donde ha podido: Vecindario, Las Palmas, capital (pero en la periferia [por las afueras]), Telde, etc.

Esto que acabas de leer, aunque tiene formato y parece un cuento, es historia viva; es realidad, un hecho, que se puede multiplicar por miles y miles. Es la triste situación que desde hace medio siglo hacia acá, está vaciando el campo de trabajo y vida, y lo está llenando de retamas y pinos, de muerte y desolación. Lo antes relatado, me lo contaba ayer un señor de La Cumbre (¡así vea los ojos de Dios!, como que no he añadido ni una coma).

Se da la circunstancia, que haciendo campamentos de Navidad y Semana Santa por la zona conocí en visita a su madre, su casa, fuente, hermano..., y puedo testificar ser cierto cuanto me dijo. Conocí la alpendre, vacas y becerros de los que me hablaba, etc.).

El Padre Báez.

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