domingo, 21 de junio de 2015

sustitución

En El Tabaibal se ha sustituido el campo...
“... carnero... bueyes y cabras...” (del salmo 65).
“... una novilla...” (del primer libro de Samuel 16, 1-13).
“... en su casa habrá riquezas y abundancia... sin falta...” (del salmo 111).
... por los campos de fútbol. Del primero, ¡ni mentarlo!, como si no existiera, ¡bueno, es que no existe! Existe, pero no se le puede tocar, y cuando todo el mundo vivía del campo, cerrado a cal y canto por distintas clasificaciones (que si de máxima protección, que si paisajístico, que si natural y otras tantas imbecilidades, han conseguido clausurar el campo, y astutamente lo han ido sustituyendo -y de tal forma y manera- que todo el mundo (salvo unos pocos inteligentes), masiva y borreguilmente, pues ya se sabe: Vicente va a donde va la gente,
aquí a todas horas, todos los días, en todos los medios: escritos, radiados, televisados, etc.), no te hablan sino del solo tema de los campos de futbol (y campos de otros deportes) y las incidencias en el mismo o de sus “camperos” o “campesinos del césped”, ya sea natural o artificial, en los que hasta las más insignificantes y bobaliconas incidencias, en sustitución o supresión del otro campo o campos, los de cultivos de papas y coles, que nos los han cambiado por los de penaltis y goles (para que rime). Y así, cuando del primero y del que fue siempre, ni citarlo, de estos donde se grita de infarto, y porque -según la psicología- no lo pueden hacer en casas, de desahogan en los de fútbol. Pero, lo dicho el campo-campo llenándose de tabaibas, y otras malezas y basuras, y llenando campos de fútbol, drogando y creando fanáticos en una nueva “religión”, en el sentido de religar o unir al populacho dejada la azada y el pico, la jose y el rastrillo, la horqueta y el arado, todo esto y más, lo han cambiado por sentarse en unas gradas para vociferar de alegría o salir deprimidos y hundidos, masoquistamente  porque no se ganó y ni siquiera se empató. Total, que campo por campo, este nuevo campo que no da trabajo, ni comida sino a unos pocos, llenan las gradas, cuales circenses esperando el comienzo y después del descanso la segunda parte. Es un hecho constatable, sin más. Solo falta el escritor avezado, que no en dos cuartillas, sino en un libro explique el fenómeno: cómo nos meten en estadios, cómo nos hacen creer la trascendencia e importancia del juego del fútbol, cómo es ésta una droga permitida y fomentada, cómo se calla al pueblo, que en lugar de pedir y darles: justicia, comida, trabajo, dignidad, la vuelta al campo-campo, etc., los entretienen de forma continuada, reiterada, machaconamente, y tanto que otro tema no hay de mayor importancia en medios de comunicación, como en toda conversación que no sea de un tono más elevado, de lo que por lo general no se sabe, y sí cuántos goles hizo don Fulano, el traspaso del mismo, el coste de su incorporación, el nuevo entrenador, el esguince de este o aquél otro jugador, etc., etc. Abogo, porque sin desaparecer los campos de fútbol y sus jugadas o partidos en los mismos, se vuelva a los otros campos, aunque con ello, poco a poco se vacíen los de césped, porque habrá que coger las cosechas a su tiempo, y con el tiempo, el campo-campo, hará que los de fútbol o de césped, queden para una minoría, que por diversas razones, deben seguir o quieran seguir (necesiten como terapia), pero hablando de campos, sean los de cultivo y ganadería los primeros, y luego en un muy lejos orden de primacía, los de fútbol y otros deportes, pues al fin y al cabo, el deporte lo hacen unos pocos, que los otros sentados lo miran, sufren y padecen, también lo gozan y hasta saltan de alegría, pero más lo harían si cosecharan papas y coles, en lugar de fueras de juego, o goles.
El Padre Báez.
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Unidos por una misma preocupación
7. Estos aportes de los Papas recogen la reflexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones. Pero no podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena.
8. El Patriarca Bartolomé se ha referido particularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, «en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación»[14]. Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una manera firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados»[15]. Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios»[16]. (de la encíclica de Francisco Laudato si).

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