domingo, 19 de agosto de 2018

Por qué las quiero y defiendo (a las Cabras).
 
Por qué las quiero y defiendo (a las Cabras): Porque desde niño las cuidé. Se iba mi padre al trabajo, y me decía cuidara las cabras. Les tenía que coger comida (segar hierbas, coger ramas, traerles agua desde el barranco...), y aunque siempre mi padre me dejaba comida para ellas (cañas, millo en rama, tuneras [que previamente debía barrer o limpiarlas de las púas], etc.), de cara al pesebre el asunto estaba arreglado con él y por mi parte, pero la cama era objeto de atendimiento, y a este fin barría las orillas de las carreteras, cogiendo las hojas de los eucaliptos caídas, para hacer estiércol. Y era tal el enfado de mi padre al llegar del trabajo y ver los pesebres pobres de comida, ésta en el suelo y pisadas por las cabras que lo revolvía todo buscando sus preferencias, y los bardes –o cacharros- de agua de repuesto, que niño aún debí cuidar de ellas, y tanto –no por mi parte, que mi madre suplía, pero de otros niños, sabía faltaban a la escuela, porque debía atender a los animales, a las cabras, pues éstas eran las vacas de los pobres, que lo de tener una o más vacas, era cosa de gente media o rica. Y, si ésta fue –parte de mi infancia y adolescencia- cómo olvidar a las que eran objeto hasta de rifas y juegos, cuando aquellas cabras de ubres arrastrándolos por el suelo –cuidando no se lo arañaran con las zarzas que les poníamos también a comer- parían hasta cinco baifitos, que era todo un placer verlos en sus carantoñas y retozos, que impregnado uno con aquellos albores en este mundo, pues de sus leches el desayuno y más, y el queso diario, más ese solo un baifo que comíamos al año -y siempre que fuera macho-, vendiendo el cuero a alguien que pasaba por las casas, con un ramillete de ellos al hombro, digo, que tantas y tantas experiencias de tan tempana edad, es algo que no se olvida, está ahí, lo lleva uno en mente y en el alma, y es orgullo y satisfacción haber tenido estas experiencias y ciencias, pues era todo un arte el cuidado, el amarre de la pata, el lazo rojo para evitarles mal de ojo, y un sin fin de Historias, el vender una cabra buena y comprar una flaca y ruin, y cambiarlas, desde el corte de pezuñas, y rejuvenecerla, y convertirla en igual a la anterior, y ese poco dinero ganado ayudara a la economía, y a veces no más de dos, porque costaban dinero, y esperar a que las baifitas crecieran en un eterno esperar largo sin fin, pues el contacto diario hacía que nada cambiaran y siempre estuvieran igual. Y nada digamos del retal, de la choza, de si se soltaba la cabra... Como para ahora permitir y callar las mate el cabildo y quiera extinguirlas; pues no, las defiendo y defenderé como siempre lo hice y ello mientras viva, pues en parte si vivo es gracias a ellas, como toda persona nacida y criada en esta isla años atrás, cuando por no haber pinos –sino en los riscos- toda la tierra era de hierbas y pastos para ellas, ovejas y vacas.
 
El Padre Báez, Pbro. 19-08-18

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