¡Qué triste!
Que vayas y que vengas, que te muevas por cualquier lado y a cualquier hora, y siempre veas el mismo paisaje, el mismo motivo, el mimo cuadro: Siempre un pobre muchacho, que en lugar de estar en el tajo, sea el que sea, está paseando a su perrito blanco, con cara de cochino (el perrito); que más después, tengas a un hombrón, con sus dos perritas, que da hasta pena o vergüenza (dicen que como no tiene otros afectos, pasea sus amores y ama a sus perritas, a las que quiere o ama tiernamente [luego, no saluda a sus vecinos, no se habla con su gente]), que más después –y en un continuo- te encuentras con la dama –la edad ya importa menos- con ese enorme perrazo negro, que le hace compañía y suple afectos humanos, y así, el desfile es múltiple, variado, multicolor, en escenas tantas, que no caben en un apretado resumen, sino que mi humilde consideración, terapia aparte para sus amos o dueños (de los perros, que son los amos de sus amos), que si en lugar de pasear a un perro, y llenarlo de caricias –a cambio de babas y jadeos, moviendo sonriente el rabo- digo, que si en lugar de canes, llevaran cabras, ¿no les darían éstas, el mismo calor afectivo, y miradas melancólicas?