La Iglesia, va por delante:
Sabido es, que con el tiempo, el espíritu inicial del Fundador, se va relajando y alejando de aquellos momentos primeros. Y se va perdiendo la pureza, de aquellas observancias, rigor, fidelidad, radicalidad, etc., iniciales, con lo que, pasando los años (siglos), siempre surge un reformador. Y así sucedió con Francisco de Asís, con Domingo de Guzmán, y tantos otros, que hicieron dar a la Iglesia un vuelco y volver al candor evangélico. Y así sucedió, con los propios franciscanos, de cuyas reformas saldrían los capuchinos, los terciarios, los conventuales, los alcantarinos, etc.; lo mismo sucedió, con el Carmelo, que después de Santa Teresa, ¡la reformadora del mismo!, aparecen las carmelitas descalzas, volviendo –siempre a las raíces, y a una mayor observancia de la Regla, de la que poco a poco, se habían apartado.